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sábado, 6 de mayo de 2017

"Prometer no empobrece": Promesas en tiempos electorales.


Promesas en tiempos electorales son altamente rentables en el aplausómetro inmediato.





Una vez instaladas en programas concretos, quedan como si hubieran sido escritas en piedra, por el costo político que implica eliminarlas.

Así, se convierten en una carga presupuestal permanente y casi siempre creciente, que difícilmente puede revisarse, reducirse o eliminarse.

Nuestro país requiere de electores críticos que distingan entre ocurrencias para ganar votos fáciles y propuestas viables que realmente tienen la intención de construir agendas de gobierno que solucionen problemas desde sus causas.

El usado dicho “prometer no empobrece” es falso cuando se refiere a candidatos a puestos de elección popular. Las promesas que se vierten al calor del templete, frente a una plaza pública, al final, cuestan mucho dinero al erario.

Nos cuestan a los mexicanos de dos maneras: primero, como gasto efectivo, y segundo, como costo de oportunidad.

El primero surge de la simple operación matemática de multiplicar el universo de beneficiarios, por el costo del servicio o producto ofrecido, por el tiempo que estará vigente.

El segundo es más complejo. Porque se trata de todo aquello que se pudo haber hecho con ese dinero y se dejó de hacer. Esto es, las alternativas que había para usar de mejor forma esos recursos.


 





El problema es que resulta poco probable que los candidatos a puestos de elección popular asuman la responsabilidad de comunicar el costo real de sus promesas, y las implicaciones de implementarlas.




NOTA:

Para dos ejemplos concretos, ver: “El costo de las promesas”: http://imco.org.mx/politica_buen_gobierno/el-costo-de-las-promesas/              Autores: Alexandra Zapata/ Max Kaiser

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